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Derrota en La Haya

¡Qué orgullo ser chileno! (¿cambiémonos de continente mejor?)

Mientras miraba la transmisión del fallo de la Corte Internacional de La Haya no pude dejar de sentir orgullo por este país. Todos alineados tras un discurso nacionalista, con una bandera que cubría los inflados pechos. Todos con los ojos llorosos con una preciosa canción nacional que sonaba en sus oídos de manera imaginaria. Algunos dicen que es fea y sobrevalorada, pero lo cierto es que no saben escuchar, no saben entender la melodía del patriota, esa melodía que es poco inteligente y muy endemoniadamente poco racional para otros. ¿Pero para qué queremos raciocinio si tenemos incansables discursos de unidad?, ¿para qué nos molestamos en preguntarnos si es que a lo mejor los bolivianos tienen derecho al mar si es que para eso tenemos noticiarios que nos dan la respuesta y así no nos cansamos?

¡Qué orgullo fue ver hablar a los ex presidentes en torno Michelle Bachelet! Personalmente me sentí tan seguro, me sentí tan chileno cuando Ricardo Lagos, con su tono de estadista, golpeaba la mesa y recordaba la vez que en, un gesto de hombría -¡pucha que faltan hombres hoy en día!- , pedía “relaciones aquí y ahora” a Bolivia. Me acuerdo que en esa ocasión mi abuelita saltó de su sillón reconciliada con el socialista Lagos. “¡Al fin entendió lo que es ser chileno!”, decía la señora muy feliz. Tanto que hasta el día lo echa de menos.

Me imagino demorándome un par de días para ir a recorrer París, Berlín o Roma. No estas cosas raras como Machu Picchu y nombres en idiomas que no entiendo.

Pero bueno, no nos detengamos en eso. Pensemos en el futuro de Chile. Es cierto que no nos favoreció mucho la decisión de los jueces, ¿pero para qué necesitamos que alguien del exterior nos diga cosas que sabemos que no son ciertas? Nosotros, en el fondo, sabemos que ganamos esa guerra y con razón. Nosotros dejamos en claro que no tenemos mucho que ver con nuestros vecinos. Somos superiores, como decía Bonvallet (¡qué pena que se haya muerto, ¡le hacía tan bien al alma nacional su discurso!). O por lo menos hemos trabajado para serlo. Deberíamos cambiarnos a Europa, sé que es una idea algo desquiciada, pero no deja de ser interesante. Me imagino demorándome un par de días para ir a recorrer París, Berlín, o Roma. No estas cosas raras como Machu Picchu y nombres en idiomas que no entiendo. Esta fascinación por mostrar el orgullo indígena no la comprendo. Sean como nosotros, aléjense cada vez más de sus raíces. Así se vuelven un mejor lugar para la inversión extranjera.

chilenos

Lo otro que vi en redes sociales y me enorgulleció fueron las palabras de José Manuel Edwards. ¡Qué tipo más choro! Poniendo los puntos sobre las íes al decir que la decisión de estos caballeros holandeses -país que no visitaré si es que Dios nos escucha y nos vamos finalmente de este continente- pondría en peligro la paz mundial. ¡Obvio que sí! No sé por qué la gente se rió y hasta lo encontró un pelotudo -eso escuché, ¡yo nunca lo pensaría!- cuando estaba diciendo la pura verdad.

Me sentí tan seguro, me sentí tan chileno cuando Ricardo Lagos, con su tono de estadista, golpeaba la mesa y recordaba la vez que en, un gesto de hombría -¡pucha que faltan hombres hoy en día!- , pedía “relaciones aquí y ahora” a Bolivia

Ahora, para serles sincero: tengo susto. ¿¡Qué pasa si nos quitan el mar!? Sería una tragedia si nos sacan un pedazo grande. No sé muy bien dónde queda el terreno, pero eso no importa ¿cierto? Lo único que importa es defender la Patria. No la Patria Grande, es demasiado extensa. Una chiquitita mejor, bien excluyente, bien privada. ¡Qué bonito es el nombre “privado”! Es como si solamente algunos pudieran entrar. Pero no lo digo con el propósito de dejar a nadie afuera. ¡No, nunca! O mejor sí, a veces.

Pero bueno, ya nos levantaremos de ésta. Ya podremos defender lo nuestro. Eso que nos dijeron que era nuestro sin nosotros saberlo. Pero insisto: ¿para qué están los medios si no es para darnos las respuestas y las herramientas? Yo soy así, a mí me dicen y grito. A mí me cuentan qué es lo que hay que defender y lo defiendo sin siquiera molestarme en preguntar si estamos en lo cierto. Y lo mejor es que no estoy solo. No soy el único que repite el discurso patriótico que me contaron. ¡Somos millones!

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