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Radio Magallanes y Clarín: Los medios que desaparecieron tras el golpe

Escrito por MQLTV

    Luego del Golpe de Estado, todas las emisoras de radio de izquierda y los diarios simpatizantes con la UP fueron cerrados y sus periodistas detenidos. Acá el recuerdo de dos medios emblemáticos que dejaron de existir tras ser allanados y destruidos por las fuerzas armadas: el diario socialista Clarín y la Radio Magallanes, ligada al Partido Comunista. En este especial, los periodistas Palalo Álvarez y Emilia Duclos rescatan, en un reportaje doble, las voces de los antiguos periodistas para relatar qué es lo que sucedió esa mañana del 11 y cómo la dictadura destruyó para siempre sus patrimonios.

    *Vía Revista Córtela

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    Lluvia de 30 milímetros sobre la planta de Radio Magallanes

    Con el fin de continuar al aire ante una inminente ocupación militar de los estudios de la radio que emitió el último discurso de Salvador Allende, tres periodistas fueron enviados a la planta de transmisión en Renca. En la calle Estado 235 la temida ocupación nunca se produjo. Fue el equipo de emergencia el que se terminó llevando la peor parte, cara a cara con las ráfagas de balas de los aviones militares.

    *Por Palalo Álvarez Yáñez

    “¡Necesitamos gente que vaya urgente a la planta de transmisión! ¿Quién quiere ir?”. Esa mañana del 11 de septiembre de 1973, Leonardo Cáceres, jefe de prensa de Radio Magallanes, improvisaba contra el tiempo. Enterado de los cierres de las radios “hermanas” partidarias de la Unidad Popular —Corporación, Portales, Candelaria y Recabarren, que se unían en una cadena bajo el nombre de La Voz de la Patria— y bajo las órdenes del director Guillermo Ravest, buscaba urgente a periodistas para enviarlos a la planta en Renca y garantizar así la continuidad de la emisión en caso de que los militares ocuparan los estudios de la calle Estado 235.

    “¡Yo voy!”, dijo Ramiro Sepúlveda, jefe de informaciones.

    Pero la planta no quedaba a la vuelta de la esquina…

    “¿Quién lo puede llevar? ¿Quién tiene auto?”, preguntó Cáceres.

    El que levantó la mano fue Patricio Henríquez, un periodista que acababa de ser despedido de canal 9 y que estaba ahí por una casualidad. Había ido a dejar a su polola, Carmen Torres, estudiante de periodismo de la Universidad de Chile, quien trabajaba media jornada en la emisora.

    Con una consola portátil y amplificadores de línea para afrontar cualquier emergencia, los tres periodistas se dirigieron en un Austin Mini hacia la planta de transmisión, sin saber que sería ese destino, y no el edificio de la radio, el siguiente blanco en la mira de los militares.

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    El último discurso de Allende

    En el estudio todo era improvisación. No contaban con información fidedigna; el equipo estaba incompleto, pues muchos no alcanzaron a llegar, y además estaban funcionando bajo una advertencia. A las 8.42 horas la “Cadena Democrática”, conformada por las radios Minería y Agricultura, había difundido un bando que en su cuarto punto advertía que la prensa, radiodifusoras y canales de televisión “adictos a la Unidad Popular debían suspender sus actividades informativas a partir de ese instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre”.

    No le hicieron caso. En una improvisada acción se envió a periodistas a la planta de Renca, a la CUT, a otras radios y al Partido Demócrata Cristiano, aunque el que iba a este último destino nunca llegó. A la altura de Morandé le llegó el rebote de una bala en una pierna y los mismos militares lo llevaron a la Asistencia Pública.

    Durante su gobierno —debido a las convulsiones vividas por el país, entre ellas, el tanquetazo del 29 de junio de ese año— Allende autorizó la instalación de unas “planchas” de transmisión en el segundo piso de La Moneda conectadas directamente con las radios afines. Alcanzó a hacer tres discursos a través de Radio Corporación —a las 7.55, 8.15 y 8.45 horas—, y dos por Radio Magallanes: a las 9.03 y a las 9.10 horas. A las históricas dudas sobre quién grabó el último discurso de Allende, ahora se suma otra: quién hizo el contacto.

    “La verdad —dice Ramiro Sepúlveda— es la siguiente: el Presidente nunca llamó a la Radio Magallanes. Fuimos nosotros, desde la radio, los que nos comunicamos con él por un magneto de hilo directo. Yo le pregunté al control para qué era ese aparato y me contó que habían dos: uno era para comunicarse con el Partido Comunista y el otro con la Presidencia de la República. Giré la manivela y del otro lado salió el Presidente Allende en vivo y en directo, sin mediación de una secretaria ni de nadie y se lo pasé al Chino (Ravest)”.

    Guillermo Ravest, director de la radio en ese tiempo, discrepa. “Quien llamó a la radio por la ‘plancha’ fue el propio Allende. Yo iba caminando desde la sala de control hacia la pequeña oficina que ocupaba como director a buscar otro paquete de cigarrillos. Dicho teléfono, que comunicaba el despacho del Presidente con nuestra emisora, estaba en la mitad de ese pasillo, cuando sonó el campanillazo”, afirma.

    De lo que no hay dudas es que Allende le dio a Ravest una instrucción clara: “Necesito que me saquen al aire inmediatamente compañero”.

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    Llueve sobre la planta

    El edificio de transmisión, a esas horas, tenía un solo habitante: el operador Luis Castro. Apenas les abrió la puerta, corrió en búsqueda de una especie de cofre que estaba escondido.

    “Lo primero que nos dijo es que teníamos que protegernos. Y sacó unas cosas rarísimas de acero, como cuatro palos, y una cuestión que no servía para disparar ni a cinco metros. ¡Eran unas armas de mierda! Y, peor aún, ninguno sabía usarlas”, cuenta Carmen Torres.

    No alcanzaron a pasar unos 20 minutos cuando sintieron que algo se acercaba. Una ráfaga de balas de 30 mm de un Hawker Hunter de la FACh atravesó las dos edificaciones de la planta, tanto la que contenía los equipos como la de los controles, donde se encontraban. Se tiraron al suelo y trataron de esconderse debajo de cualquier cosa que impidiera el paso de las balas. No había tiempo para más.

    “El avión nos estuvo ametrallando por unos 10 minutos; se dio unas dos o tres vueltas. Las ráfagas, tal como en las películas, pasaban por el lado nuestro y, por suerte, no tocaron a nadie. La planta quedó, por supuesto, muy dañada con los impactos, pero ninguno alcanzó los equipos… Seguíamos transmitiendo”, relata Sepúlveda. Funcionarios de Carabineros ya habían rodeado las instalaciones y con sus gorras empezaron a hacer señas al avión para que detuviera el ataque, pues ellos ya tenían el control del lugar.

    La orden policial hacia el interior de la edificación fue categórica. Debían evacuar de inmediato, con las manos en alto. Sepúlveda —quien tenía las llaves de la reja— salió, escoltado por los demás. Y todos fueron tirados al suelo, más bien al barro.

    “Una cosa anecdótica es que supuestamente triangularon los datos para ubicar nuestra señal y así acallar la radio. No fue así. Seguimos al aire incluso cuando estábamos detenidos”, cuenta el periodista. Pasó un tiempo antes de que un carabinero alertara finalmente a sus superiores: “Capitán, ¡estos gallos siguen transmitiendo!”.

    En ese minuto, levantaron a patadas a Castro, lo llevaron hasta el master central y lo obligaron a bajar las palancas de transmisión. A las 10.20 horas, Radio Magallanes dejó de transmitir para siempre.

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    El equipo se despide

    “Ya no están en el aire”.

    Con este llamado de un auditor, la radio –que había alcanzado a repetir el último discurso de Allende y dar un extenso comunicado de la CUT relatado por su secretario general, Mario Navarro-, cesó sus actividades en la calle Estado.

    Ravest los llamó a todos a la sala de redacción. Explicó lo que había pasado, lo grave de la situación y recomendó a sus dirigidos más reconocibles que no volvieran a sus casas por posibles allanamientos. “No sabemos si nos volveremos a encontrar, cuídense todos”, dijo finalmente.

    La reacción de Leonardo Cáceres fue terminar esa reunión inscribiéndose de improviso en el Partido Comunista.

    Presos políticos

    El destino de los cuatro de la planta fue de encierro. Luego de la detención, los llevaron a la 5ª Comisaría de Carabineros. Allí, la única que recibió comida fue Carmen Torres, quien robó unos panes para sus colegas. De noche los carabineros no los dejaron dormir a costa de burlas: “¡Ahí quedó Allende! ¡Jajaja!”.

    A la mañana siguiente se llevaron a los cuatro en un bus. Al llegar a su destino, notaron que había muchas caras conocidas, asesores y políticos cercanos a Allende. Se encontraban en el regimiento Tacna.

    A Ramiro y a Luis los ubicaron en el mismo grupo que los hombres de La Moneda. Los hicieron ponerse las manos en la nuca y estuvieron tirados con un militar a custodia de cada uno, sufriendo constantes castigos de culatazos en la espalda. Sepúlveda vio ahí al ex médico del Presidente, Enrique Paris.

    “…¿Y Allende?…”, le preguntó casi sin volumen.

    Paris solo atinó a llevarse el dedo de un lado de su cuello al otro.

    A las doce de la noche se los llevaron del Tacna. Carmen fue liberada. Los otros tres recuperarían su libertad meses después, no sin antes pasar por el tour deportivo, como le llamaban a sus pasos por los estadios Chile y Nacional y, salvo Henríquez, por la Cárcel Pública.

    Ramiro se enteró en el Estadio Chile que Paris y el resto de los presos del Tacna habían sido asesinados. Ahí mismo, su amigo Víctor Jara le expresó que estaba seguro de que lo iban a matar. Sorprendido, le contestó: “Al revés, aquí en el Chile estái salvando la vida”.

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    El último diario de los socialistas

    Clarín, el diario más vendido en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular, fue el primero en usar el lema Firme junto al pueblo, hoy un leitmotiv usado por medios como The Clinic. Fue allanado por militares el 11 de septiembre de 1973, cerró definitivamente en diciembre de ese año y nunca más volvió a abrir. A 42 años del Golpe de Estado, sus periodistas y fundadores cuentan qué sucedió con el diario que Salvador Allende leía todos los días.

    *Por Emilia Duclos

    La mañana del 11 de septiembre de 1973 llovía. Alejandro Arellano y Manuel Montoya despertaron con la noticia del Golpe y se dirigieron inmediatamente a Clarín, el diario en el que trabajaban. Eran las 9 am en Dieciocho 263 y el recinto estaba rodeado de militares. Cerraron el portón negro de la entrada y Arellano, subdirector del diario en ese entonces, dio la orden de que escaparan por el acceso trasero del lugar. Todos los trabajadores se fueron, menos él y Manuel Montoya, periodista deportivo. Esperando la inevitable tragedia, entregaron el diario a las fuerzas armadas y se los llevaron detenidos.

    Desde ese día, Clarín dejó de imprimirse. La edición del 11 de septiembre solo alcanzó a distribuirse en regiones, ya que los números de provincia se terminaban de imprimir a las diez de la noche del día anterior. La portada  no decía nada relacionado con el Golpe de Estado y hacía burla a una protesta de mujeres de derecha frente a la casa del general Carlos Prats, con el título “Momias piden a los milicos que se las pasen por las armas”. Clarín fue el primer diario en utilizar el lenguaje de la calle en el periodismo, con titulares irónicos y con el humor y los modismos chilenos  propios de esa época.

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    El diario fue fundado en 1954 por Darío Saint Marie, más conocido como “Volpone”. Durante la Unidad Popular (UP) se convirtió en el vespertino más leído en Chile, con una circulación entre 250 mil y 280 mil ejemplares por día. Saint Marie fue desde su infancia amigo de Salvador Allende y durante su campaña para dirigir la Moneda, el diario lo apoyó explícitamente en sus páginas. No había ningún trabajador que no apoyara a la UP y muchos de ellos eran socialistas, como Enrique Gutiérrez, periodista de crónica policial y encargado de la edición nocturna, y Alberto Gamboa, periodista de Clarín desde sus inicios y director desde los años 60.

    Gamboa, conocido como el “Gato”, cuenta que Allende era influyente en el diario, sobre todo con su dueño: “Era intruso como un caballo eso sí. Allende a veces estaba metido ahí en el taller y sugería al ‘Viejo’ Saint Marie acerca de qué se publicaba, pero lo hacía bien, en forma amistosa, se interesaba en el diario. Pero igual nosotros teníamos visión crítica, no íbamos a dejar de publicar algo porque él lo dijera”. Todos los días, dos ejemplares del diario llegaban a La Moneda, para que el presidente leyera las noticias mientras tomaba desayuno.

    Según Gamboa la prensa de Clarín era agresiva sobre todo contra la derecha. En el año 72, mientras crecía la oposición hacia la Unidad Popular, estuvo involucrado en varias querellas por sus publicaciones y el Gato, como director y representante legal, cayó preso una quincena de veces en Capuchinos, por juicios que el diario perdía. Pasaba preso cinco días como máximo, lo soltaban y nuevamente volvía a caer.

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    -El golpe viene- le dijo Enrique Gutiérrez al Gato el 10 de septiembre, mientras veían en la televisión al ministro de defensa, José Tohá, anunciar el desfile del 18 de septiembre sin ninguno de los tres comandantes en jefe de la Fuerzas Armadas. “Era imposible no darse cuenta de que eso era un indicio del Golpe, esos tres estaban reunidos preparando los últimos detalles”, cuenta.

    Todas las propiedades de Clarín fueron tomadas: un edificio en Centeno con Alonso Ovalle, las bodegas de papel en calle Quilín, los centros de información en Valparaíso y Concepción y la sede principal en Dieciocho. Se llevaron 25 linotipias, destruyeron una rotativa de impresión y se robaron otra que tenían en calle Centeno.

    Víctor Pey, español amigo de Darío Saint Marie que en el año 72 asumió como dueño de Clarín, afirma que una de las máquinas de impresión costaba alrededor de ocho millones de dólares y el precio total de las propiedades confiscadas es de 17 millones de dólares. Por esta razón, Pey hace 15 años que mantiene un juicio con el gobierno chileno para que se le indemnice por estas pérdidas. El Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) reconoció en el 2008 al demandante como legítimo dueño de Clarín y pidió al Estado que se le devuelva lo que le corresponde. Aun así, el gobierno chileno no reconoce la transacción de compra del diario y el periodista Enrique Gutiérrez afirma que el demandante nunca fue dueño de Clarín y que nunca lo vio en el diario.

    La Sociedad Clarín estuvo vigente hasta el día 31 de diciembre de 1973 y a sus trabajadores se les pagó su sueldo durante los tres meses posteriores al Golpe. En  dictadura, el edificio de Dieciocho 263 se convirtió en la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (Dicomcar), lugar en donde fueron secuestrados y torturados tres miembros del Partido Comunista en 1985. La construcción del lugar, según los mismos periodistas de Clarín, era perfecta para los torturadores, ya que sus murallas y su portón alto no permitían que se escuchara ni se viera lo que ocurría adentro. Posteriormente los cuerpos de los tres secuestrados fueron encontrados decapitados en Pudahuel. La investigación del Caso Degollados logró que César Mendoza, Director de Carabineros y miembro de la Juntar Militar, fuera expulsado de su cargo y que se disolviera la Dicomcar. El edificio fue comprado por una empresa de remates llamada Mackenna y Mackenna y en el año 1993 se vendió la propiedad a Tecnicor, una empresa de correas automotrices e hidráulicas que funciona hasta el día de hoy.

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    Ninguno de los periodistas de Clarín intentó rehacer el diario durante la dictadura. Gamboa, luego de ser detenido y torturado durante dos años, trabajó en Santiago como obrero de construcción y luego se convirtió en editor de La Nación. “Al que hablaba de Clarín lo investigaban. Si yo intentaba hacer algo relacionado con el diario iba a seguir en la cárcel el tiempo que ellos quisieran”, cuenta el periodista a sus 91 años mientras se toma un nescafé en el living de su casa en Ñuñoa. Víctor Pey regresó a su país natal, España, y todos los periodistas del diario vinculados con la política, como Enrique Gutiérrez, José Gómez López y Eugenio Lira Massi, se exiliaron.

    Alejandro Arellano, que fue detenido junto a Manuel Montoya el día del allanamiento de Clarín, logró salir después de un mes de estar preso en el Estadio Nacional, mientras que su compañero fue liberado 10 días después. El mismo día en que salió, Arellano se dirigió al diario para buscar su auto que había dejado ahí el día del Golpe. Pidió una orden para ingresar y en los pocos minutos que le dieron quemó archivos y cartas que estaban en los escritorios de los periodistas. “Eran cosas comprometedoras en cuanto a tener relaciones con cierta gente. Lo único que guardé fueron fotos”, cuenta el periodista. Luego corrió a la oficina de Gamboa, abrió la estantería donde el director guardaba documentos privados y sin ni siquiera leer su contenido quemó todo lo que pudo. Días después se exilió en España.

    Actualmente portales de noticias y opinión como www.elclarin.cl o  www.clarinet.cl intentan rescatar el estilo del diario. El sitio Clarinet es de Enrique Gutiérrez, que ahora tiene 81 años, y escribe desde una habitación repleta de libros polvorientos y revistas viejas, en su departamento en el centro de Santiago. Publica con su nombre y con dos seudónimos inventados por él. Escribe sin restricciones igual que cuando era periodista de Clarín: “Yo tengo mi cosa y digo lo que quiero. Puedo sacarle la madre a los políticos y nadie me puede decir nada”. El lema original del diario “Firme junto al pueblo” ahora es utilizado por el The Clinic y diarios como La Cuarta escriben con el mismo lenguaje y humor de la calle que Darío Saint Marie legó a la prensa chilena.

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