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Rodrigo Peñailillo: el operador político que nunca pudo ser ministro

    Michel Jorratt contó lo que todos sabíamos, lo que todos suponíamos: el Ministerio del Interior presionó, durante el período de Rodrigo Peñailillo, al Servicio de Impuestos Internos para que no se investigara el Caso Soquimich. Había mucha ropa tendida, muchos nombres -como el de Giogio Martelli -que aparecerían al ruedo una vez que se comenzara a investigar a figuras como Jovino Novoa. Y es que ese es uno de los legados de nuestra transición: están todos metidos en el mismo saco y si desenmascaras un nombre, finalmente desenmascaras una gran red de acuerdos, apretones de manos y cheques firmados.

    peñailillo sqm

    Jorratt habló en una entrevista en Qué Pasa y nos ayudó a ver un poco más detenidamente la figura de Rodrigo Peñailillo. Nos reafirmó que toda esa investidura que llevaba con gran propiedad y con un rostro de estadista, escondía uno de los oficios más antiguos de nuestro nuevo régimen democrático: el de operador político. Porque nunca dejó de serlo. Al contrario, los impolutos trajes, el nuevo peinado y su muy buena afeitada eran solamente una manera de esconderse de sí mismo, de lo que había hecho por años y de lo que seguía haciendo en La Moneda: mover los hilos. Presionar. Llamar por teléfono. Pero no gobernar. Nunca gobernar.

    Ese fue su gran problema: relativizó el ejercicio público real. Lo miró en menos y subvaloró su importancia en el momento en que se vio con poder e hizo lo mismo que si no lo hubiera tenido.

    Peñailillo aprendió a hacer política en los pasillos. Estuvo siempre detrás de las grandes figuras de la Concertación haciendo la pega sucia por ellos, mientras los viejos rostros de la recuperación de la democracia sonreían e iban a los cócteles con quienes habían sido sus carceleros durante la dictadura. Él era el que aconsejaba a Bachelet, el que la escuchaba y el que debía hacer lo que ella nunca se habría atrevido. Mientras Peñailillo estaba en las sombras, ella sentía más libertad para ser Michelle Bachelet; la mujer carismática, sensible y con un gran sentido de país.

    peñailillo bachelet

    Por eso es que una vez a la cabeza del Ministerio del Interior la responsabilidad se lo comió. No sabía cómo decir palabras para el bronce, no entendía el lenguaje político de los acuerdos con cámaras encima ni menos sabía en qué consistía esto de decir cosas que realmente no se sentían. Las reuniones de gabinete incluían demasiada gente a su parecer, ya que su trabajo en el último tiempo -antes de asumir el gobierno- consistía en conversar con gente a solas. En hablar solamente con la entonces candidata y resguardarla casi como un guardia personal, un confidente y el único hombre en que ella ha confiado en mucho tiempo.

    Toda esa investidura que llevaba con gran propiedad y con un rostro de estadista, escondía uno de los oficios más antiguos de nuestro nuevo régimen democrático: el de operador político.

    Rodrigo Peñailillo condujo su cartera sin haber asumido nunca mentalmente el cargo que le había conferido por la mandataria. Nunca se sintió realmente ministro del Interior, aunque su impostura nos dijera lo contrario. Esto sucedía porque siempre vio más importante y relevante la manera en que ejercía de operador ya que podía presionar, llamar por teléfono y lograr sus objetivos de manera más rápida, más pragmática y menos rimbombante.

    peñailillo joven

    El ex segundo de La Moneda no se sintió cómodo con los símbolos republicanos, le parecían cansadores, muy pesados y poco ágiles para lograr objetivos claros. La República le resultaba muy anquilosada, muy estática y en el mundo de hoy necesitaba respuestas veloces. Igual de veloces como las que recibía cuando estaba tras las cámaras. Ese fue su gran problema: relativizó el ejercicio público real. Lo miró en menos y subvaloró su importancia en el momento en que se vio con poder e hizo lo mismo que si no lo hubiera tenido.

    Estuvo siempre detrás de las grandes figuras de la Concertación haciendo la pega sucia por ellos, mientras los viejos rostros de la recuperación de la democracia sonreían e iban a los cócteles con quienes habían sido sus carceleros durante la dictadura.

    El ex ministro sólo vio su pasada por Interior como un trabajo que quería por lo que significaba, pero nunca por lo que se requería para llevarlo a cabo. Relativizó lo que estaba haciendo y de pasada se relativizó a él mismo. No se tomó la importancia que tenía y creyó que al fin del camino había una luz. El problema es que no la encontró nunca.

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