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Adiós, ministro Arenas

Rodrigo Valdés a Hacienda: El golpe blanco del empresariado

Se fue Alberto Arenas del Ministerio de Hacienda. Según informaba Pulso en su edición del lunes, Arenas permanecería en el gabinete hasta el viernes de la semana pasada. Pero su suerte se selló antes: cuando Ciper informó de las presiones surgidas desde su despacho al Servicio de Impuestos Internos para que la arista Giorgio Martelli del caso SQM no escalara más.

Desde la entrevista que Michelle Bachelet dio a Don Francisco el pasado miércoles 6, donde anunció que le había pedido la renuncia a todo su gabinete, que la incertidumbre sobre quiénes formarían el nuevo elenco de gobierno se apoderó del mundo de la política, pero también del mundo de los negocios.

Lo que para los empresarios y sus adláteres significa una incertidumbre, es en realidad un hecho propio de una democracia plural y soberana.

A partir de entonces, hasta el lunes 11, empezaron las voces del empresariado a insistir en un llamado gremial para sacar al ministro Arenas del nuevo gabinete; no habría otra forma de cambiar el rumbo económico que llevaba hasta ahora el oficialismo. Todo en nombre de «dar señales»: a los inversionistas, a los mercados, a la deliberación política, a los pajaritos y a las hojas que caen en el invierno.

A raíz de esto, las páginas de economía de la prensa escrita se convirtieron en un collage de frases emitidas por figuras de este, digamos, «seminario permanente» conformado por economistas, empresarios y tecnócratas varios. Veamos, por ejemplo, tres frases publicadas en el Cuerpo B de El Mercurio del viernes pasado:

  • «Sin confianza, los países no crecen», dijo Juan Eduardo Errázuriz, presidente del grupo Sigdo Koppers.
  • «La incertidumbre ha estado presente en el último tiempo», señaló Sergio Icaza, socio de la constructora Icafal.
  • «El objetivo es que vuelvan las confianzas y la inversión», apuntó Juan Carlos Martínez, presidente de la gremial Asimet, Asociación de Industrias Metalúrgicas y Metalmecánicas.
ministro arenas

Partamos analizando el concepto de la confianza. Si el triunfo de El Ladrillo estuvo en haber convertido la economía y la macroeconomía en cuestiones que podían determinarse de forma objetiva, ¿por qué los apologistas y los defensores relativos de la doctrina neoliberal necesitan contar con un atributo subjetivo, como la «confianza», para poder accionar de forma adecuada? ¿No es ideológicamente contradictorio invocar algo que oficialmente niegan?

Sigamos con la incertidumbre. Si la incertidumbre forma parte de cualquier aventura empresarial (riesgo que cualquiera aborda en mayor o menor medida), ¿no es una protección innecesaria determinar la incertidumbre según quién sea la persona a cargo de las finanzas públicas de un país? ¿Acaso eso no es algo que el mismo emprendedor debería contemplar como un mero hecho de la causa? ¿Por qué hablan de incertidumbre si no está ocurriendo ninguna alteración importante al modelo económico, como legislaciones proteccionistas, estatización de empresas, industrialización del Estado o supresión de la propiedad privada?

Una buena confianza se concede desde la horizontalidad. Atendido esto, resulta sumamente irregular que el empresariado se autoproclame el árbitro de la confianza.

Concluyamos con la inversión. ¿Acaso la confianza y la inversión dependen de que parte y contraparte sean ideológicamente afines? ¿Acaso la discordancia ideológica, propia de democracias pluralistas sanas en las cuales no todos tienen por qué estar de acuerdo, es causal automática de desconfianza y desinversión?

Ahora, las respuestas. La confianza no puede estar supeditada a que todos piensen igual. De partida, la anormalidad no está en que exista diferencias de opinión sobre el manejo de la economía; la anormalidad está en que prácticamente no haya discrepancias a nivel gremial. Y es anormal que esa supuesta confianza sea dada por una obligatoriedad de facto de que exista un interlocutor oficial, el cual debe pensar igual a los entornos empresariales y sujetos relacionados.

valdés arenas bachelet

En esquemas de democracias plurales y soberanas, los procesos políticos son esencialmente fluctuantes. La alternancia entre matices ideológicos o incluso entre ideologías rivales son la condición esencial para lograr procesos políticos sanos. Por una cuestión de convivencia cívica, todos tenemos el mismo espacio de expresar una opinión. Y, si acaso podemos agruparnos de forma más compleja y logramos mayorías electorales, podemos llevar a cabo programas afines a nuestros pensamientos. Aunque no le guste a grupos de intereses parapetados detrás de una ideología.

Entonces, lo que para los empresarios y sus adláteres significa una incertidumbre, es en realidad un hecho propio de una democracia plural y soberana. Ni más ni menos. De otra forma, suponer que todos deben tender a pensar de una forma más o menos semejante puede ser funcionalmente cómodo para quienes controlan la producción, pero es totalitario. Y no solo eso. También sumerge las cabezas de todos quienes puedan manifestarse en desacuerdo por alguna razón ideológica al modelo económico o incluso funcional al mismo sistema.

Queda evidenciada una élite económica dogmática, incapaz de discutir realmente con un otro; una élite que ejerce un poder de coerción si la contraparte del Estado controvierte sus creencias arraigadas.

Más encima, cuando el empresariado amenaza con desinvertir cada vez que un gobierno pretenda salirse de unos márgenes delimitados por el mismo empresariado, éste actúa como juez y parte de un proceso político que no le corresponde delimitar. ¿Por qué? No es democrático ser un poder paralelo al Estado que funciona de la misma forma como las aduanas: gravando a quienes amenazan el rayado de cancha y eximiendo de tributos a quienes son funcionales a éste.

En cuanto al tema de las confianzas, la confianza se construye desde un reconocimiento mutuo en el otro. Una buena confianza se otorga desde la horizontalidad. Atendido esto, resulta sumamente irregular que el empresariado se autoproclame el árbitro de la confianza, deformando este trato horizontal a un privilegio vertical. Cuando la confianza se hace desde la amenaza y la extorsión velada, siempre será una confianza falsa, de careta, hecha para no incomodar ni para amenazar, emulando patrones más cercanos a los de un abusador y su abusado.

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Para concluir, el episodio de Alberto Arenas exhibe sin pudor los vicios cívicos de este «seminario permanente». Queda evidenciada una élite económica dogmática, incapaz de discutir realmente con un otro; una élite que ejerce un poder de coerción si la contraparte del Estado controvierte sus creencias arraigadas. Se trata de gente que no sabe discutir ni sabe convivir en un esquema de democracia plural y soberana.

El mismo lunes 11 asumió Rodrigo Valdés -expresidente del Banco Estado- en el Ministerio de Hacienda. La trayectoria banquera del flamante jefe de Hacienda resulta garantía de confianza para los cazadores de este atributo emocional. ¿Por qué? Por ser una persona que estuvo vinculada en las esferas correctas y en los entornos correctos.

¿Por qué hablan de incertidumbre si no está ocurriendo ninguna alteración importante al modelo económico como legislaciones proteccionistas, estatización de empresas, industrialización del Estado o supresión de la propiedad privada?

Este miércoles, el presidente de la Sofofa, Hermann von Mühlenbrock, consideró positiva la llegada del nuevo encargado de las finanzas públicas, afirmando que «él (Valdés) está preocupado por el crecimiento del país y no me cabe ninguna duda que va a empujar que Chile vuelva a crecer el 4% y 4,5%».

¿Cómo? ¿Ahora sí? ¿De puro capricho? ¿Porque llegó alguien de confianza? Tal cual. De ahora en más, el empresariado va a decir que volvió la normalidad. Al fin. Pero es falso. La normalidad está en el trato horizontal, en el respeto mutuo y en el apego a la soberanía. No es normal acusar satisfacción después de un golpe blanco.

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