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El caso Sara Abarzúa

Sara quería vivir (el más triste día de la madre)

Escrito por MQLTV

    El teléfono vibra a las 5:14 de la mañana del sábado 9 de mayo con un mensaje de Claudio Millacoy. Son tres palabras. La breve frase que ningún hijo quiere jamás tener que decir, escribir ni pensar y que duelen como tragar un litro de agua hirviendo.

    Dice: “Falleció mi madre”.

    Es un desenlace que no tomó de sorpresa ni a Claudio (26), Víctor (22) ni a Fernanda (15), la hermana menor. Tampoco a sus familiares que viajaron desde Pitrufquen a acompañarla, ni a las vecinas y amigas que estuvieron cuidándola mientras agonizaba lenta, dolorosa, y tristemente en su casa hace un mes.

    Sara Abarzúa (44 años, viuda, tres hijos, una nieta de dos años) murió producto de un cáncer a la piel que se extendió hacia sus pulmones y su estómago.

     familia abarzua

    Esa es la causa científica. Larga, compleja.

    La causa social es mucho más corta y cruda. Brutal. Más brutal que el puto cáncer.

    Dice Claudio: “Porque no tuvimos la plata suficiente para costear su tratamiento”.

    Dice Víctor, con la garganta temblando como un puente de madera por el que pasa un camión: “Es tan sencillo como que en este país la gente que no tiene plata no tiene derecho a salud. No hay más vuelta que eso. Si no tienes plata, te mueres. El remedio estaba. La posibilidad de haber, por lo menos, intentado mejorarla estaba”.

     No es justo que por el hecho de no tener plata estés condenado a ver morir a tus seres queridos así.

    Diecinueve horas atrás, es una fría mañana de viernes. En la zona sur-poniente de Santiago Centro, casi en el límite con Estación Central, está el departamento de la familia Millacoy Abarzúa. Claudio (instructor de taekwondo, con estudios de Construcción Civil que congeló por no poder seguir pagando) está en su pieza junto a Víctor (una hija, trabaja como garzón).

    Son dos hermanos dispuestos a contar, sacando la voz por entremedio de las telarañas de un dolor paralizante, la historia de su madre y de cómo no lograron salvarle la vida. ¿Por qué quieren contarlo?

    “Lo hacemos para que esto no siga pasando. Porque no es justo. Porque duele mucho y no queremos que esto le pase a nadie más”, dice Claudio.

    “Porque no es justo que por el hecho de no tener plata estés condenado a ver morir a tus seres queridos así”, dice Víctor.

    claudio y víctor

    En el suelo de la pieza hay dos carpetas con folletos de funerarias. Sara, en la pieza de al lado, entra y sale de estados de conciencia.

    Dice Claudio: “Mi mamá está en las últimas. Le cuesta respirar, no come. Estamos a la espera de…

    Dice Víctor: “Ella se cansó. Fueron tres años peleando”.

    Dice Claudio: “Mi mamá ya no nos mira a la cara, cuando habla mira a otro lado. Está entregada”.

    Sara se levantaba a las 5 y media para ir a trabajar. Cuando volvía, llegaba de cabeza a hacer el aseo.

    Hace 44 años, Sara nacía en Pitrufquén -que en mapudungún significa “lugar de cenizas”-. Fue la última de diez hermanos. Cuando tenía tres años, su familia se fue a vivir a Perquenco, a 45 kilómetros de Temuco. Ahí creció, conoció a Luis Millacoy y tuvo a Claudio a los 19 años. Juntos se vinieron a Santiago a trabajar como garzones en el rubro hotelero. Luis murió hace ocho años de un edema pulmonar. Sara se las arregló para sacar adelante a su familia.

    Entramos jóvenes a trabajar con ella en el Hotel Los Nogales, en Providencia. Ahí aprendimos cuánto costaba ganarse la plata. El sacrificio que ella hacía”, cuenta el mayor de los hermanos.

    Cuenta Víctor que Sara se levantaba a las 5 y media para ir a trabajar. Cuando volvía, llegaba de cabeza a hacer el aseo. Lo dice mirando el suelo donde están las carpetas de las funerarias cubiertas por una delgada capa de polvo. Dice que Sara lo retaba harto. “Era pesada también, muy seria a veces”, opina con una sonrisa. “Te lo merecías”, le dice Claudio. Los dos se ríen.

     sara abarzúa sobrina

    El 2012 comenzó la pesadilla.

    Un lunar le sangraba a Sara. Fue al dermatólogo. El dermatólogo la mandó al oncólogo. Biopsia. Extirpación de lunar. Los exámenes salieron mal. A los ocho meses, un pequeño bulto apareció donde antes estaba el lunar. La operaron otra vez. Siguió controlándose mensualmente hasta que en un momento el cáncer había hecho metástasis y se ramificó a su pulmón. Fue derivada al hospital San Juan de Dios. Radiación. Quimioterapia. El resultado: los dos pulmones afectados por el cáncer.

    “El doctor a cargo siempre mantuvo una posición negativa, de que no había nada que hacer. Hasta que un día mi mamá entró a su consulta grabándolo con el celular. Ahí se disculpó y le dijo que existía la posibilidad de un tratamiento inmúnológico, que costaba 60 millones de pesos”, dice Claudio.

    Victor: “Antes de eso él nos hablaba de un remedio de un nombre X que era inalcanzable para nosotros”.

    Al final, para lograr que te ayuden, hay que practicamente amenazar con demandar a tu propio país.

    El cáncer de Sara no estaba dentro del plan Auge, por lo que si ya hasta el momento la tarea de costear su tratamiento estaba cuesta arriba y se lograba a punta de completadas, bingos, y campeonatos de baby futbol organizados por Claudio y Víctor, conseguir los 60 millones se transformaba en una misión improbable.

    Claudio: “En octubre empezamos a tratar de conseguir el remedio por medio de cartas al Ministerio de Salud. Ahí empezó un peloteo del ministerio al hospital y del hospital al ministerio. Mientras tanto, mi mamá no recibió ningún tratamiento”.

    Víctor: “O sea, intentamos con medicinas alternativas: un tratamiento de gorgojos, otro con unos frutos rojos con miel. Para ver si algo funcionaba”.

     La única forma de que te escuchen en este país si eres pobre, es buscar cámara.

    En febrero de este año recibieron una desconcertante llamada de parte del Ministerio de Salud. Preguntaban por qué no les habían enviado los papeles requeridos para la evaluación de entrega del fármaco. Fueron a preguntar al hospital, desde donde esos papeles nunca salieron. Finalmente, el Minsal rechazó la entrega por no haber envíado a tiempo los informes, cuentan los hermanos Millacoy.

    Desesperados, buscaron hacer pública su situación. Grabaron a Sara, llorando, con los ojos hinchados de tanto llorar, su caso. Lo titularon “QUIERO VIVIR” y lo subieron a Youtube.

    Víctor dice: “No teníamos otra opción. Es que la única forma de que te escuchen en este país si eres pobre, es buscar cámara. Nosotros estabamos desesperados, porque obviamente no es algo grato tener que exponer así a tu mamá en una situación tan delicada y tan íntima”.

    El video hizo que el caso de la familia Millacoy Abarzúa llegara a la televisión. Aldo Duque, abogado y panelista del programa Vigilantes, puso un recurso de protección a favor de Sara.

    Claudio: “Ellos tenían cinco días para contestar o nosotros podíamos poner una demanda hacia Fonasa y el Minsal. Pero se supone que a Aldo Duque le informaron que iban a entregar el remedio, o la plata para el remedio. Y que nos iban a avisar. Esto fue como el 23 de marzo. El día 29 de marzo mi mamá empezó con dolores muy fuertes y se la llevaron de urgencia al hospital San Juan y ahí recién nos avisaron que llegó el remedio. Pero sin ninguna formalidad, o sea nos avisaron porque nosotros llegamos de urgencia. Así y todo, eso fue un pequeño alivio. Teníamos una pequeña esperanza”.

    Entre semanas de exámenes para analizar si era posible  iniciar el tratamiento inmunológico, la salud de Sara se vino abajo.

    “Mi mamá sentía que estaban jugando con ella, con su vida”, dice Víctor.

    “Finalmente, en Semana Santa nos informan que el cáncer estaba ramificado hacia el estómago y que en el estado de salud que estaba ella, era muy riesgoso hacer el tratamiento”, dice Claudio como no pudiendo creer las palabras que salen con dolor de su boca.

    Dice Victor: “Ahí mi mamá se quiso ir del hospital. Entró caminando y salió en camilla”.

     abarzúa sara

    Desde ahí hasta el viernes 8 de mayo, los hermanos Millacoy, junto con Margarita -una de las hermanas de Sara que vive con la familia- y el apoyo de vecinos y amigos solventaron sus gastos a punta de completadas, bingos, y campeonatos de fútbol. Igual que al comienzo.

    “Aunque no fue suficiente”, dice con pena y rabia Víctor, “hemos hecho todo lo posible por tener cómoda a mi mamá en sus últimos días de vida”.

    Es hora de irse. Más familiares de Sara comienzan a llegar a la casa. Antes de despedirse, Claudio pide solamente una cosa: “Por favor trata de dejar super claro esto”.

    Por supuesto. Dime”, digo.

    Mientras el país entero celebra el día de la madre, la familia Millacoy Abarzúa se prepara para enterrar a la suya.

    “La gente tiene que saber que en estos casos hay un recurso de protección que te ampara, que no caigan en la perdida de tiempo de mandar cartas de un lado a otro y ser peloteado. No quedarse en eso porque el tiempo es muy valioso. Y porque no sirve”. Claudio se queda pensando unos segundos en lo que acaba de decir. Retoma la palabra: “Al final, para lograr que te ayuden, hay que practicamente amenazar con demandar a tu propio país. Da mucha rabia, porque nosotros somos el pueblo, nosotros les construimos, los atendemos, trabajamos para ellos, pero ellos, cuando se trata de dar una mano, en vez de hacerlo, se las lavan. Y eso no puede seguir pasando”.

    Mientras el país entero celebra el día de la madre, la familia Millacoy Abarzúa se prepara para enterrar a la suya. Esta semana, Víctor y Claudio vieron agonizar y morir a su mamá, sencilla y brutalmente por no tener el dinero suficiente para costear a tiempo su tratamiento contra el cáncer.

    Sara Abarzúa murió en su lecho la madrugada del sábado 9 de mayo.

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