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Héroes y fracasos

Star Wars, Tironi y la mitología contemporánea

Leo Strauss, el primer neoconservador, aprendió de las ruinas de la segunda guerra mundial la relevancia de construir una mitología. Sobre el entendido de que un país que carece de identidad no es más que un territorio, propuso dotar a Estado Unidos de una cohesión ideológica capaz de hacer frente al colapso de su era dorada, mediante la creación de una pesadilla común. Esa amenaza podía ser interna, como el violentista del Chile de la dictadura, o externa, como los soviéticos de la guerra fría. Finalmente serían sus alumnos de la Universidad de Chicago, asesores de Reagan y de ambos Bush, quienes inventarían el último enemigo contra el cual se definiría la sociedad norteamericana: el omnipresente y eterno terrorista islámico.

El capitalismo expropia al individuo el derecho a reconocerse en lo que produce, impidiendo la gestación de relatos comunes entre los oprimidos; a cambio, ofrece una gama de sentidos e identidades prefabricados que pueden comprarse en las tiendas e ir a verse a los cines. A veces, algunas obras humanas abandonan a sus creadores y se hacen patrimonio de las audiencias, como es el caso de Star Wars, The Lord of the Rings o Harry Potter, auténticas mitologías contemporáneas que ofrecen una identidad capaz de rebalsar su condición de objetos de consumo, permitiendo a sus seguidores forjar una comunidad de disfraces caseros, idiomas ficticios y orejas puntiagudas que termina siendo una forma de resistencia en vez de una forma de control.

Libre del peso del pasado, trayendo a los héroes de vuelta en forma de referentes y no de protagonistas, El despertar de la fuerza es un triunfo de las audiencias.

De esta forma, el mito aparece no solo como un elemento fundacional de las sociedades, sino además como un dispositivo que opera sobre el presente y, por lo mismo, como un terreno en disputa. En ese esquema, El Despertar de la Fuerza es un elemento de análisis sobresaliente. En 1977 Una Nueva Esperanza se estrenaba libre de todo “hype”, como una propuesta fresca de redefinición del cine de ciencia ficción, con un nuevo paradigma en cuanto a efectos especiales y trayendo a colación las formulas épicas de occidente y oriente. Hoy, 38 años después, El Despertar de la Fuerza se estrena marcado por la historia de sus predecesoras, y resuelve esa carga apareciendo como una suerte de meta-filme de aventuras, que funciona como un relato de esos 38 años y como una forma de entender críticamente la saga, matarla y hacerla renacer liberada pero coherente.

La película se desarrolla entre los escombros de la guerra contra el imperio, en los mismos pasillos fascistas que ahora pertenecen a la Primera Orden, en el Halcón Milenario, que vuelve a demostrar que no es basura, y entre TIE Fighters, X-Wings y sables láser. Los protagonistas conocen a Luke, a Han Solo y a la fuerza del mismo modo en que los conocemos nosotros: como leyendas, y el relato funciona también como testimonio de una producción obligada cargar con el pasado, pero sabiendo que la única forma de sobrevivirlo es recuperando y resignificando sus elementos fundamentales. Kylo Ren es un fan, un coleccionista de memorabilia de Star Wars, que quiere tener todos los souvenirs de la fuerza y anda disfrazado sin perjuicio de ser el Adam Driver de siempre debajo de la máscara. De hecho, se le presenta como un antagonista inmaduro, dominado y debilitado por su emocionalidad no resuelta. Kylo mata al padre y con él nos libera del verdadero dark father, aquel George Lucas que se pasó al lado oscuro. “Han Solo ya no puede protegerte”, le dice a Rey, el primer personaje femenino autosuficiente de la saga, como diciéndole que ahora todo se trata de ellos dos, y que, al igual que los huesos de un Star Destroyer en el desierto, sus ancestros no son más que el contexto de un futuro que les pertenece.

star wars

Libre del peso del pasado, trayendo a los héroes de vuelta en forma de referentes y no de protagonistas, El despertar de la fuerza es un triunfo de las audiencias, que muestran así su capacidad de incidir sustantivamente en la producción, dando cuenta así mismo de que la épica de Star Wars, como la de la Guerra del Anillo, ya es parte del sentido común y debe referir y reverenciar a quienes la alimentan. Esa batalla por apoderarse del destino de las leyendas en Chile aun no esta resuelta. Los héroes de nuestra mitología política han sido ingratos con el pueblo que los elevó a su estatus, y ahora, cuestionados y debilitados, quieren tomar nuestras consignas para actualizarse en su condición de clase dominante.

J.J. Abrams enseña a hacerse cargo de la irreductible presencia del mito, sin pasar por un desgarrador proceso de readecuación al presente, como el que Eugenio Tironi nos presenta en La Tercera del 20 de diciembre. El ideólogo de la Concertación se pone por fuera de la elite, vaya cosa, para decirnos que estamos pasando de un “capitalismo oligárquico” a un “capitalismo democrático”, y que las consecuencias de ello se acrecentarán para la clase dirigente en 2016. Señala que elite deberá actualizar sus prácticas para adaptarse a los estándares el control ciudadano, como quien actualiza sus efectos especiales. Esta salida a la crisis de una épica que él mismo construyó resulta insuficiente, y podría dar como resultado una suerte de refrito tipo Amenaza Fantasma, o peor aún, una versión remasterizada y cargada al CGI. Muestra de ello es la comparación que el sociólogo hace entre Giorgio Jackson y Ricardo Lagos, que además de empatarlos de manera muy beneficiosa para el precandidato de la Concertación, sirve para rematar la venganza contra el director de “Los héroes están fatigados” y para plantear que puede pasarse de la decadencia al triunfo de la Nueva Mayoría de la mano de los comandantes de la transición.

Yo no quiero una Star Wars sin sorpresas, del mismo modo que no quiero un Chile en que mi generación repita la historia de los héroes de la transición, o siga un camino prefijado por ellos.

Por su falta de cohesión argumental, La venganza de los Sith expropia a la trilogía original todas sus sorpresas; momentos como “I’m your father”, “there’s another Skywalker” y el descubrimiento de la personalidad de Yoda, pierden su sentido narrativo y dejan de asombrar. Yo no quiero una Star Wars sin sorpresas, del mismo modo que no quiero un Chile en que mi generación repita la historia de los héroes de la transición, o siga un camino prefijado por ellos. Esa mitología colapsó en los casos de corrupción que no son más que la expresión mediática del pacto neoliberal; se descompuso en manos de la Concertación, que en su momento cúlmine en pleno gobierno de Lagos, dicta una “nueva constitución” mediante un proceso igualmente autoritario al que lo precedió, sin intervención ciudadana, y manteniendo el modelo neoliberal heredado de la dictadura cívico-militar. Este momento de crisis no puede resolverse con el regreso a los héroes de antaño o la readecuación de los villanos al escrutinio de las redes sociales; la refundación institucional debe venir de la mano de la recuperación de los horizontes transformadores, pero solo para superarlos e inventar un nuevo país con una nueva épica; un Chile pos neoliberal y no un Chile de “capitalismo democrático”; un Star Wars donde los Han Solos tengan su lugar en la leyenda, pero no vengan a enseñarnos lecciones de cómo lidiar con sus fracasos. Un país, en definitiva, que entendiendo la relevancia de sus ciudadanos, no nazca de la derrota sino que nazca para el futuro.

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