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Así gobiernan Chile

Timocracia, plutocracia, partidocracia y pitutocracia

Escrito por Rafael Gumucio Rivas

    Timocracia es la forma de gobierno en que ejercen el poder los ciudadanos más ricos; plutocracia es sinónimo de la primera; la partidocracia se refiere al poder absoluto de los partidos en el gobierno que, en caso actual, se han convertido en burocracias, siguiendo la ley de Michels; la pitutocracia es el reparto de los cargos estatales beneficiando a los militantes más serviles respecto a los directivos de los partidos. Estas formas de corrupción política podrían constituir el retrato de la Fenicia latinoamericana que es el Chile actual.

    Según Platón, la timocracia es una forma de corrupción de la democracia que se va convirtiendo, desde el gobierno de los eupátridas –conjunto de los ciudadanos atenienses- a aquel de los ricos; esto de la compra del sufragio es una práctica desde tiempos inmemoriales: la política es la esclava del dinero– nada de extraño que se disputen el poder entre millonarios y empresarios- por desgracia, estamos muy lejos de la democracia y muy cerca de la timocracia.

    No se espante, querido lector, si en Chile las grandes decisiones económicas no se toman en el parlamento, sino en la Casa Piedra.

    En el Chile de hoy es completamente normal que un ex presidente posea un canal de televisión, el equipo de fútbol más popular, una línea aérea casi monopólica, acciones en la Bolsa de Comercio –diversificada de la misma manera que el Fondo A de las AFP-. Uno llega a preguntarse: ¿para qué se llama a los ciudadanos a sufragar si bastaría con una elección tipo directorio de empresa? Es decir, cada uno vota de acuerdo con el número de acciones que posee. No se espante, querido lector, si en Chile las grandes decisiones económicas no se toman en el parlamento, sino en la Casa Piedra. Los candidatos prefieren concurrir a un foro organizado por la Sofofa que compartir una bebida con los pililos de las poblaciones.

    Por cierto que las elecciones se convierten en el caso más radical de timocracia –como sostiene el programa La Ruta del Voto, hay también la ruta del votito-: las elecciones parlamentarias. Me pregunto si puede postular para el cargo de diputado un cesante –mal que mal representa a casi un millón de chilenos- o un trabajador que gana un sueldo de $300.000 ó $600.000 -considerado el ingreso promedio chileno-. ¿Puede un ciudadano chileno ser candidato si no cuenta con el beneplácito de Coloma, Larraín, Longueira, Escalona, Latorre…? ¿Cuánto cuesta una candidatura a diputado y cuánto a una de senador? ¿Cuánto a una alcaldía o a un cargo de concejal? Si los distritos y circunscripciones están repartidos –como el cerdo que nos comeremos el 18 de Septiembre-, ¿qué sentido tiene para un joven “y no tan joven”, como diría ME-O, intentar postularse a diputado o a senador si de todas maneras va a perder, pues los cargos están repartidos entre los presidentes de partido, que designan a dedo a los padres conscriptos? -los duques de Venecia no difieren mucho de nuestros de parlamentarios-.

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    ¿Le parece justo que se exija evaluación a los profesores y a otros profesionales, y los parlamentarios, aún cuando sean pésimamente evaluados por la opinión pública, sigan felices en sus cargos y disfrutando de un salario más de diez veces superior al de un profesor? Muchos de ellos han leído apenas “la mecánica popular”, no aportan en la Sala y apenas levantan su dedo –algunas veces cuando asisten- siguiendo a su jefe de bancada. ¿Sabía usted que, en democracia, todo poder conlleva responsabilidades? ¿Sabia usted que en Chile, por ejemplo, el Tribunal Constitucional no responde ante ninguna institución? ¿Sabía usted que la única forma de hacer efectiva la responsabilidad política a los funcionarios de confianza del Presidente de la República es por medio de la acusación constitucional que, en el caso de una oposición decidida a obstruir, puede terminar por derrumbar todo el sistema político? Esta es la razón por la cual es fundamental reemplazar la monarquía presidencial por un régimen semipresidencial.

    ¿Puede un ciudadano chileno ser candidato si no cuenta con el beneplácito de Coloma, Larraín, Longueira, Escalona, Latorre…?

    Joaquín Edwards Bello (citado por Alfonso Calderón, en ‘Homo Chilensis’ -Valparaíso, 1983-) decía: “Chile será Chile cuando cada uno de sus hijos sepa cumplir la palabra empeñada y deje de considerar la viveza criolla como una virtud…”. Qué otra cosa que una viveza lo que hacen los candidatos presidenciales y parlamentarios gastando millones en publicidad, torciendo la nariz de la ley en base a un resquicio. ¿Qué ejemplo de transparencia pueden dar estos señores si aplican el famoso principio de “promulgada la ley, hecha la trampa?”. ¿No incitan, de esta manera, los candidatos a las magistraturas a que cualquier ciudadano burle la ley sin riesgo de condena? Sería más bien una acción digna de aplauso, según la viveza chilena, la que practican los cultores del robo hormiga en los supermercados.

    En resumen, Edwards Bello nos recuerda: “Es muy chilena la actitud: contemplar, no hacer nada y dificultar la existencia de quienes pretenden construir o crear. De esta manera los más tranquilos son los inútiles”. Siguiendo el agudo pensamiento del cronista, ¿no sería necesario superar este culto a la contemplación, a la aceptación de la inequidad e iniciar el camino del fin de la timocracia, una corrupción de la democracia?

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