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Tironi y Asustados: El terror a un Chile que descubrió sus trucos

“Algo de razón le encuentro a esta frase de Pinochet: ‘Hay que cuidar a los ricos para que den más’”, es una de las afirmaciones que hizo Eugenio Tironi en su Manifiesto” en el diario La Tercera de este domingo. En el mismo texto, el referente de las comunicaciones concertacionistas dice que se considera parte de esos ricos y como tal, entiende el miedo de éstos. Un miedo a una cierta rebelión, a una cierta rebeldía, a un cierto clima en el que ya no se respeta nada. O si somos un poco más concretos y leemos entrelineas: un terror a la democracia.

Tironi es la demostración empírica de lo que él vaticinó en sus escritos noventeros. Es el mayor defensor de su idea de movilidad social, esa en donde nada se mueve. Y necesita ver en lo material un colchón emocional y una manera bastante política de reafirmar sus valores y tratar de esconder sus miedos. Es la evidencia misma de que en Chile el progresismo perdió no sólo por las el poder y la agresividad de una derecha empoderada, sino también porque algunos se enamoraron de las ideas hegemónicas y las convirtieron en suyas, para así disfrazar su entrega hacia lo que antes decían enfrentar.

Tironi nos reafirma que en la transición no sólo estaban las armas sobre la mesa para negociar, sino que también había un encanto con el dictador y su obra de parte de quienes lo derrotaron en el plebiscito.

Algunos dicen que cambiar de ideas es una evolución y que es parte de quien ejerce el arte de usar el intelecto, sin embargo lo que pasó con Tironi fue que terminó convirtiendo ese cuento de lo de “en la medida de lo posible” en una manera que subirse al carro de los vencedores. De cruzar la vereda y abrazar a quienes lo convirtieron en una persona rica. A quienes lo convencieron de que las luchas del pasado no sólo no eran revisables, sino también despreciables si es que quería ganar. Si es que quería dejar atrás esos días en que las ideas no le daban de comer.

Lo que leímos en el manifiesto de este sociólogo es la razón por la que los dogmas establecidos por la transición se están cayendo a pedazos ante un contexto más pensante que el noventero. Es decir: Tironi, en el artículo del diario, nos contó, sin saberlo, el secreto a voces de la transición. Ese que consistía en odiar a Pinochet, pero escucharlo. Condenar su brutalidad, pero apreciar sus medidas económicas. Odiar su militarismo, pero abrazar en los cocteles a los economistas que se sirvieron de éste para instalar un nuevo paradigma sociocultural.

El ex titular de la Secom logró su objetivo, el cual era escribir desde la otra vereda, desde El Mercurio o La Tercera y llamar a una cordura al lugar al que alguna vez perteneció.

Eugenio Tironi nos reafirma que en la transición no sólo estaban las armas sobre la mesa para negociar, sino que también había un encanto con el dictador y su obra de parte de quienes lo derrotaron en el plebiscito. No había sólo un “si no puedes con él únete”, sino también un “unámonos mejor antes de que volvamos a perder”. Porque ese es el gran temor de los asesores de la otrora Concertación: perder. Perderse en los discursos y en las expectativas de país en un combate intelectual que encuentran estéril.

El ex titular de la Secom logró su objetivo, el cual era escribir desde la otra vereda, desde El Mercurio o La Tercera y llamar a una cordura al lugar al que alguna vez perteneció. Infiltrarse entre quienes tienen las ideas que alguna vez se asomaron por su cabeza y contarles que lo mejor es arrimarse a un mejor árbol, que a él le sirvió a tal extremo, que puede sentarse a redactar escritos hablando de su dinero sin siquiera sonrojarse. Sino sintiéndose triunfante en esta lucha ideológica que no nos contaron que se estaba llevando a cabo para así ganarla.

Tironi nos contó, sin saberlo, el secreto a voces de la transición. Ese que consistía en odiar a Pinochet, pero escucharlo. Condenar su brutalidad, pero apreciar sus medidas económicas.

Por eso es que hoy está temeroso, porque muchos nos dimos cuenta de la discusión que se quería eliminar de la agenda nacional. Porque desde unos años a esta parte muchos despertamos para hacernos preguntas más allá de quienes solamente habían ganado el derecho a hacerlo, entre los que se encontraba él, Enrique Correa y otros tantos. Y las preguntas asustan, sobre todo si es que hiciste lo posible para que éstas desaparecieran. Cuando, como un mal mago, intentas esconder tus trucos ante una audiencia despierta.

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