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Diego y Exequiel

Un Chile lleno de patrones mató a dos estudiantes

La noticia de la muerte de dos jóvenes que participaban este jueves  14 en la marcha estudiantil por la educación en Valparaíso no ha dejado indiferente a nadie. Las vidas de Ezequiel Borbarán (18) y Diego Guzmán (25) terminaron producto de las balas que un enajenado disparó tratando de evitar que los estudiantes rayaran una consigna en una pared del inmueble de su casa. Sí, murieron por un extraño miedo hacia las palabras y hacia las consignas de educación gratuita.

Y es que tarde o temprano esto pasaría. Somos un país que confunde las movilizaciones, las protestas y las demandas con el extremismo, cuando los únicos extremistas son los que se oponen de manera violenta a estas manifestaciones. Estamos convencidos de que personas marchando por las calles, haciendo valer ideas que a este sistema le parecen vagas, son peligrosos. Creemos que manifestar ideas de futuro y proponer algo es el peligro en sí, porque no son cosas que podemos palpar como el celular o el televisor que nos podemos comprar con la tarjeta de crédito. Porque, seamos realistas, a muchos les importa la barbarie descarnada de este gran retail en el que vivimos solamente cuando les toca a ellos. Cuando su bolsillo es masacrado. No antes, porque no existen perspectivas de futuro y no hay tiempo para pensar.

 Chile se ha convertido en un país de patrones. En un paraíso de los que atacan antes de pensar. Es cosa de mirar Twitter y ver a quienes no se detienen y solamente lanzan.

Lo que sucedió el jueves es producto de ese Chile. Porque quien defendió su casa ante un peligro que sólo existía en su mente, defendió su parcela, su reducto, su individualismo. Fue el patrón que salió con su arma a defender su concepción de país. Esa concepción que le han inculcado por años. Esa mirada que tiene más cercanía con lo material y con una seguridad estéril que con la humanidad, el humanismo y todo lo que conlleva.

diego exequiel

Chile se ha convertido en un país de patrones. En un paraíso de los que atacan antes de pensar. Es cosa de mirar Twitter y ver a quienes no se detienen y solamente lanzan. Sólo luchan porque su verdad -o la que les dijeron que era su verdad- se imponga, se haga saber y, sobre todo, haga callar a las otras verdades. Son moralistas y muchas veces se convierten en inmorales tratando de defender su concepción de moralidad. No escuchan, sólo disparan. No piensan, sólo siguen disparando.

La única movilidad social que hemos adquirido con el sistema neoliberal, es que los estratos sociales menos afortunados han tratado de no ser ellos, de no tener conciencia de clase con tal de parecerse más a quienes están arriba.

Nos dijeron que éramos más democráticos y lo cierto es que es mentira. Al contrario, todavía ronda por los pasillos de esta peculiar democracia la idea de que no somos una colectividad, sino un lugar en el que viven grupos que se deben atacar entre ellos. Todavía separamos a las personas entre decentes y las que no la son dependiendo de las ideas que profesen, el color de piel que tengan o la manera en que pronuncian ciertas palabras. Y lo peor es que son concepciones que han ido traspasando clases, ya que la única movilidad social que hemos adquirido con el sistema neoliberal, es que los estratos sociales menos afortunados han tratado de no ser ellos, de no tener conciencia de clase con tal de parecerse más a quienes están arriba. Incluso -y sobre todo- si es que esto nos da la oportunidad de negarnos y de negar la sociedad en la que realmente vivimos. Y seguir respirando en la que creemos vivir.

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