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Un viaje al origen: La historia de cómo se gestó Volver al Futuro

Mientras esperamos el regreso de Marty McFly desde el pasado –que no es lo mismo que decir “llegará al futuro”-, recuerdo los albores de su existencia cultural. Han pasado algo más de treinta años desde que una máquina marcara lapsos de tiempos que, sin duda alguna, contenían simpatía por lo vivido y mucha fe sobre lo que vendría. La actualidad solo nos demuestra que la ficción es muy optimista.

Como dato: el protagonista del film regresará del pasado a eso de las 20:29 horas, así que recomiendo celebrar a esa hora y no antes. No es productivo, ¿o si?

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Mucho se habla acerca de la genialidad que representa la película “Back to the Future”, conocida en Hispanoamérica como “Volver al Futuro”. Una cinta más que popular (en relación a su “masividad”), la cual posee una fanaticada que, en su mayoría, no ha disfrutado la experiencia de verla al interior de una sala. Y créanme, si no generas ese momento en tu vida, podríamos decir que no la has visto.  

En fin. Los grandes proyectos consumados muy rara vez consiguen la inmediatez y facilidad esperadas por quienes los articulan, y qué bien lo saben Robert Zemeckis y Robert “Bob” Gale. Hago arribo con mi Delorean mental (porque soy nerd y además la peli, junto a “Les Quatre Cents Coups” de François Truffaut, son mis dos obras favoritas) desde un tiempo indeterminado en mi razón, a compartirles la verdadera historia tras esta maravilla que lleva tres días (aproximados) dando vueltas en cuanta red social existe.

Suelo leer guiones y Volver al Futuro es uno de los pocos que retomo cada tanto para leerlo. Es sobresaliente; tan solo 85 páginas que sintetizan la obra escrita más técnica alguna vez creada.

Así partió la trilogía que (según sus realizadores) nunca jamás fue pensada de esa manera; solo iba a existir la primera y nada más. El destino quiso lo opuesto, por suerte. De lo contrario, el 21 de octubre de 2015 jamás hubiese existido.

Robert Gale consigue ingresar a la escuela de cine de Universidad del Sur de California (USC). Mientras preparaba su próximo viaje para establecerse en dicho estado durante los próximos años, encontró en su casa una serie de recuerdos escolares de sus padres (anuarios, medallas, fotografías, etc.). Pensó en el siguiente supuesto: “¿Hubiese sido amigo de ellos, en el caso de haberlos conocido en el pasado?”. Poco a poco, la pregunta se instaló cada vez más en su imaginario, y se agrandó (“¿Y si viajo al pasado, como el adolescente que soy, comparto con ellos y los conozco de otra manera?”). Era inevitable que dichas fantasías llegaran a concretarse sobre el papel.

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Ya en Los Angeles, conoció a un compañero llamado Robert Zemeckis. Éste, aburrido (aunque siempre admirando y respetando) en sus clases de Nouvelle Vague, el Hollywood clásico, el neorrealismo italiano y demases, solo quería centrar audiovisualmente todo lo que pensaba como propuestas originales (ideas muy alejadas de las materias tratadas). Pues bien, encontró en Gale al socio ideal para dicha empresa.

Poco a poco afiataron su amistad y comenzaron a escribir cortometrajes. Eran los ’70, en LA existían muchas distracciones, pero la real fiesta estaba en los guiones que desarrollaban. Sin mucho esfuerzo, entre sus compañeros se hicieron conocidos, y la popularidad de ambos se intensificó por la ciudad. Tanto es así que un prodigio niño mimado de Hollywood ya establecido como tal quiso conocerlos, porque parecían demasiado geniales como para ser verdad: Steven Spielberg (este director es como la Vía Apia romana; todos los caminos cinematográficos nos conducen a él).

Concretaron una cita. Conversaron distendidamente. Entre los tres se cayeron increíble. Spielberg les pidió que le mostraran algún trabajo previo. Los amigos le proyectaron un corto. Steven quedó fascinado (quien suele tener este tipo de comportamientos: apadrina, apoya, supervisa, ayuda a talentos quienes ven el éxito desde la vereda de enfrente). Bueno, el punto es que siendo ya famoso, les tendió una mano a este par de estudiantes que, al menos por edad, no tenían nada que perder.

El guión cambió mil veces y tuvo varias versiones, pero siempre fue fiel a su premisa. Hasta el penúltimo corte, el Delorean no existía; Marty viajaba a través del tiempo desde un refrigerador, todo muy Da Vinci.

Así fue como Gale y Zemeckis escribieron el largometraje que se convirtió en uno de los fracasos más bullados hasta el día de hoy en la carrera del director: “1941” (de 1979). Fiasco en la taquilla y los críticos la destrozaron. Como era de suponer, nadie iría contra Spielberg, así que los dardos se dirigieron hacia los más desamparados: los guionistas. Quedaron endeudados, peleados con un montón de colaboradores y enlodados por el deshonor de la incomprensión ajena. Pero Steven los seguía queriendo, aunque este sentimiento no era puro altruismo.

El realizador (vamos, no está donde está solo por cuestión de suerte) se percató de que los dos Bob’s eran más que necesarios en dicha industria, porque lograban una operación comercial eficiente: crear “ciencia ficción” de altísimo nivel, abaratando costos de efectos especiales de manera grotesca. Sin ir más lejos, la demostración absoluta de lo que digo es “Forrest Gump”, masterpiece dirigida por Zemeckis; la mezcla de material de archivo más la acción de los personajes en el presente. O sea.

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Ya en 1980 muy pocos querían trabajar con ellos. De hecho, Robert Z. había sido fichado para dirigir la mítica “Cocoon”, pero después de “1941” lo bajaron de la producción. Luego fue reemplazado por otro groso quien no tuvo nada que ver en esta decisión: Ron Howard. En aquel año, en Hollywood ya los tildaban como “los tipos que escriben películas que nadie quiere ver”.

Fue entonces cuando Gale encauzó su carrera hacia los guiones y Zemeckis más hacia la dirección. Existen un sinfín de detalles y subhistorias delirantes que me gustaría comunicarles, pero la atención y el tiempo apremian. Resumiré: pasaron un par de años, y éste último dirigió la cinta “Romancing the Stone” (o también conocida como “En Busca de la Esmeralda Perdida”), protagonizada por Michael Douglas (junto a Danny DeVito y Kathleen Turner). A la peli sí que le fue bien en crítica y taquilla. Recién en 1984 equilibraron sus energías con el cosmos. Déjenme decirles que gracias a Michael Douglas existe “Back to the Future”. Por otra parte, Spielberg ya había dirigido “E.T”, “Indiana Jones and the Raiders of the Lost Ark” y producido -de seguro, y dirigido también #elquesabesabe- “Poltergeist”.

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Un día, medio en joda medio en serio, los Bob’s le cuentan al hijo de Kirk que habían escrito un largo que nadie quería producir. NADIE (sin exagerar, debe ser la película más rechazada en la historia de Hollywood).

El diálogo debe haber sido algo como lo siguiente:

Michael Douglas: “¿Cómo se llama la película que nadie quiere producir?”.

Zemeckis: “No tiene título”.

Douglas: “Mmm… de acuerdo. Entonces, ¿de qué va la historia? ¿De qué se trata?”.

Gale: “Es la historia de un joven que viaja al pasado, se hace amigo de su papá y tiene una cita con su mamá”.

Los dos Bob’s eran más que necesarios en dicha industria, porque lograban una operación comercial eficiente: crear “ciencia ficción” de altísimo nivel, abaratando costos de efectos especiales de manera grotesca.

Douglas quedó fascinado. Con eso bastó para cambiar el curso de los acontecimientos. Michael los empoderó. Él, autoproclamado manager, les hizo un lavado de imagen y un lobby digno de admiración. Se creyeron el cuento una vez más y desempolvaron el guión que daban por perdido hacía bastante. Finalmente obtuvieron el financiamiento, Spielberg asumió la producción (y sumó a parte de su equipo) y el resto ya todos lo conocemos.

Suelo leer guiones y Volver al Futuro es uno de los pocos que retomo cada tanto para leerlo. Es sobresaliente; tan solo 85 páginas que sintetizan la obra escrita más técnica alguna vez creada. Es aquí donde se puede leer que entre los Bob’s las palabras sobran, especialmente si uno de ellos lo dirigía.

El guión cambió mil veces y tuvo varias versiones, pero siempre fue fiel a su premisa. Hasta el penúltimo corte, el Delorean no existía; Marty viajaba a través del tiempo desde un refrigerador, todo muy Da Vinci. Tengo entendido que la dificultad más grande atravesada, fueron las decisiones dependientes del tiempo y espacio (cómo viajaría McFly, si serían temporales o no, cuantos días durarían, etc., etc., etc), hasta que se armó y zanjó lo que hoy 21 de octubre esperamos.

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Algunos apuntes personales sobre la trilogía:

1. Robert Zemeckis ES CINE. Genio comprendido por otros genios. Aún las audiencias activas están al debe con él.

2. No son cintas que contienen grandes efectos especiales (a excepción de la tercera). Inmensas, atemporales y universales. Decorados repetidos y por más de 30 años le han hecho creer al mundo que son pelis sostenidas por la relatividad del tiempo, cuando la verdad es que están marcadas por el crecimiento y acción de sus personajes.

3. Son los registros más ochenteros de los ’80. No existe nada más icónico de aquella época que “Volver al Futuro”. Nos recuerda que tratar de “gallina” (“nobody calls me chicken”) a alguien que no hincha por River, es sin duda una gran ofensa.

4. Michael J. Fox, el proto zorrón que nunca más volvió a existir. El chico estándar que todo lo podía. Lo ejemplifico: solo a él (midiendo 1.63 cm) se le podía ver cool esa chaqueta flotador/chaleco salvavidas/pseudo pullover sin mangas/atentado a la estética.

Back to the Future, como institución, propone desde el cine, lo que la física y astrofísica han intentado establecer, pero nadie presta mucha atención: la ausencia del presente.

5. Pasan los años y nos siguen cautivando (la primera por sobre las que siguen). ¿Por qué? Porque cumplen a la perfección con el canon de entretenimiento establecido por la (i)lógica occidental. No sé qué opinarán en Bollywood sobre ellas, pero de seguro que nada malo.

6. Y lo más más más importante: Back to the Future, como institución, propone desde el cine, lo que la física y astrofísica han intentado establecer, pero nadie presta mucha atención: la ausencia del presente. El único tiempo que vive un diferido, es el presente, por ende y como tal no existe. El presente es siempre futuro. Y el pasado ya fue. El presente es el futuro, pues entonces lo que siempre vivimos está en el futuro y nunca disfrutamos del presente, y es éste el que se establece mucho más adelante, porque solo así podemos vivir plenamente la realidad. ¿Es muy complejo todo esto? Así es como funcionan los homenajes para Albert Einstein (no por algo el perro de Emmett Brown lleva dicho nombre).

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