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Beca alimenticia

Una vida Junaeb: Entre los excesos del día 1 y la desnutrición de fin de mes

Si eres de un popular grupo de jóvenes chilenos, el primer día de cada mes significa una fecha gloriosa. Después de semanas de agonía alimenticia, típica de cada fin de mes, el pedazo de plástico más fundamental de tu vida como universitario vuelve a tener validez en kioscos, locales de comida y supermercados. No importa si eres ateo o cristiano, sabemos que la tarjeta Junaeb es “una bendición” y la recarga mensual de $32 mil pesos es un milagro.

Y es que si la tienes, bien sabes que la Beca de Alimentación de la Educación Superior (BAES) es más que una tarjeta de plástico: es amor, es vida. Es un instrumento de poder frente a tus compañeros, un comodín de último recurso en carretes, una tarjeta de crédito tránsfuga para transacciones internacionales por Ali-Baba o Ebay e incluso un anzuelo para conquistar al sexo opuesto a través de una invitación a sensuales completos.

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No todos tienen el privilegio de pertenecer a ese selecto grupo, porque la Baes es simplemente un subsidio de alimentación que entrega el Ministerio de Educación a los estudiantes universitarios de los quintiles I, II y III, calificados por el Mineduc como “los más vulnerables”. Pero, contrario a lo despectiva que suena la categorización, la Tarjeta Junaeb es vista dentro de cada campus universitario como un privilegio y, es más, como un orgullo.

Nadie tiene idea de cómo ni cuándo nació la Baes como beca, pero todos tienen claro que su uso trasciende las inmediaciones de las casas de estudio, aunque comer con ella signifique casi protagonizar un thriller de acción. Porque dar con algún local que tenga un letrero que diga “Ticket” involucra una búsqueda frenética por techos de suburbios y ferias apestadas de gente. Si lograste encontrar alguno, felicidades: es toda una victoria.

En general, la Baes puede usarse en cualquier negocio donde el cajero responda “sí” a un tímido “¿aceptan Junaeb?” de un universitario con las tripas rugiendo como un león de Sri Lanka.

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Si no eres de los que tiene Junaeb, en el más académicamente correcto de los casos, los trasnoches de abnegadas noches de estudio no te dejan demasiado tiempo entre que suena la alarma para levantarse y el inicio de primera clase. Para peor, prendes la tele y te despiertas viendo noticias con tantos accidentes y delincuencia, que concluyes que el tiempo para desayunar es tan escaso como la posibilidad de bajarse de la micro con vida y con las mismas pertenencias que al subir. Así es que después de llegar a clases sin comer, la espera hasta el primer “break” se transforma en un lento decaimiento al borde de la baja de azúcar.

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Si eres de los gozadores que tienen la Baes, tu saldo de la Junaeb pudo haber sido transformado a efectivo a las tres de la mañana en algún local de comida de mala muerte para ir a comprar más chelas o para acabar el bajón a punta de churrascos de una salvadora “picá” abierta cerca de tu casa a las cinco de la mañana.

Cualquiera de los dos casos, el “¡chicos, hacemos un break!” del profe destina tus últimas proteínas de la miserable once del día anterior para moverte al carrito de sopapillas más cercano. Más que pasar el ramo, lo importante es devorar cualquier masa, dulce o salada, que evite el desmayo antes del mediodía.

Con Junaeb o sin Junaeb, de seguro los primeros días has estado estancado en las filas para pagar. En el casino de la universidad, se hace eterna la espera para pagar la fiel napolitana o la pizza personal. Aunque sea un mero pan con jamón y queso laminado con un tomate bañado en orégano apañará como almuerzo, si no tomaste desayuno ni pudiste comprar nada en los recreos, serás de los primeros en la kilométrica fila. De todas formas, ni pensar en pagar el “Menú Junaeb”, una despreciada bandeja de reducidas porciones de atún con cebollas cocidas o zanahorias con carne a un valor excesivo para su escaso contenido calórico.

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La lentitud del proceso es tal que, si eres de los elegidos por la segmentadora y mágica tenaza de los quintiles, puedes darte el lujo de decirle a tus amigos una heróica frase “ya cabros, yo me rajo con completos”. O al menos en los primeros días.

Porque después de un par de días, el saldo se va acabando. Y la duración de la Junaeb es tan efímera como la felicidad al comer completos con ella. Ya lo dijo Sócrates antes de empinarse la cicuta. Con la llegada de fin de mes, atrás quedan los derrochadores pedidos de las primeras semanas en algún supermercado mayorista, donde el valor total fue pagado con la Junaeb. Y aunque el monto mínimo de transacción es de $1.300, siempre quedará ese pequeño saldo que nadie puede gastar: es como el resto de leche que cada en el fondo de cada caja. Lo malo es que acá no podrás rajar la caja y tendrás que lamentarte con un “nooooo” más desgarrador que el de Luke a Darth Vader.

Como sea, la escasa y desnivelada alimentación de los universitarios deja solo una cosa en claro: si eres de los “chicos Junaeb”, eres uno de los héroes de tu grupo. Los que no tienen, se dividen entre los que te acompañan a gastarla en los locales de comida, los que te piden que les compres un chocolate en los kioskos o los que te obligan a echar un paquete de papas fritas mientras haces el pedido en los mayoristas. Ellos lamentarán junto a ti que se acabó el saldo. Pero todos saben que la alegría ya viene: el día 1 del próximo mes.

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