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La Mujer Rota

Volver a México, volver a Guadalajara

Este año vuelvo a la Feria del Libro de Guadalajara, vuelvo a México, vuelvo a tomar un vuelo que me lleva desde SCL a esa ciudad que para algunos es una ciudad muy literaria y que para otros es la ciudad de las rosas, o de los mariachis, sus artesanías, de la tremenda Catedral o la hermosura de su centro histórico. Pero, ¿qué significa estar realmente en Guadalajara para un escritor, qué es Guadalajara si no eres mexicano? ¿Qué significa para los otros que estés en Guadalajara si publicas libros, si te dedicas a poner palabras tras palabras cargadas de sentido en ese vínculo que parte de tu biografía y que explota hasta ser trama, artificio, escritura, infinito?

La primera vez que estuve en la Feria del Libro de Guadalajara fue el 2008. Justo había publicado la novela Diario de las especies en una editorial mexicana, ya que mis editores chilenos no habían querido publicármela porque decían que era un diario psicoanalítico mezclado con tecnologías, editorial que en dos semanas me aprobó la publicación del libro, me invitó para presentarla en el DF y en GDLJ, la ciudad a la que quieren viajar todos o casi todos los escritores de habla hispana alguna vez en su vida.

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Ahora bien, esa primera vez, a pesar de haber estado allí, nunca vi Guadalajara, ya que el vuelo que me sacaron mis editores para ir del DF hasta allá fue como a las 5 de la mañana, por lo que no pude dormir nada de noche y me pasé en el aeropuerto esperando el vuelo. Luego el aterrizaje, luego todo ese día durmiendo en el hotel, de 10 am a 5 de la tarde, luego metida en un ciber intentando imprimir la presentación de “El libro perdido de Heinrich Boll” de Liliana Blumm del que íbamos a hablar en ese entonces. Luego las actividades de la FIL que la editorial tenía programadas para mí, entre las cuales recuerdo ir a mesas, presentaciones, algo de prensa y luego una cena de lo más aburrida con personas que conocí en ese entonces, en una especie de comida rápida que jamás pensé que entraría en mi vida. Al final de regreso al hotel y dormir para al día siguiente volver al DF y que Tryno Maldonado presentara mi libro allá. La presentación del libro, recorrer el DF, comprarme chapitas en la Catedral o como se llame, además de dormir una semana en la casa de un poeta minimalista y una bailarina zen y que no tenían camas ni muebles, por lo que dormíamos sobre una sábana y en el suelo en un departamento hermoso en La Roma y me daban a probar los chapulines y el tequila bandera y unos sándwiches que estaban buenísimos.

Recuerdo que esa misma noche del 2008, mi primera noche en no-Guadalajara, estuve intentando despertarme para ir a una fiesta en la casa de alguien que me había invitado, Héctor Hernández Montecinos y Yaxkin, pero lo del vuelo a las 5 am me había dejado knock out y no había visto nada de la ciudad y tampoco la vería de noche. Despertaba cada una o media hora, a las 12.30 am, 1 am, 2 am, 3:30 am, etc. y decía quiero ir, quiero ir a esa fiesta, quiero poder pararme, quiero ir a bailar y beber con mis amigos, pero jamás me levanté, seguí durmiendo hasta esperar la hora de irme al aeropuerto y así que la ciudad me pareció nada, sólo un viaje del aeropuerto al hotel que no recuerdo el nombre y de ahí a la Feria.

Ir o no a Guadalajara al parecer siempre ha sido un tema para todos los escritores. Hay una especie de fantasía, que a estas alturas está muy cargada de huellas pasadas.

Me pregunto qué hubiese pasado si yo hubiese ido a esa fiesta. Pensando en eso que llaman el Efecto Mariposa o Teoría del Caos, quizás qué hubiese pasado si no me hubiesen comprado un vuelo tan temprano, hubiese significado un cambio en el rumbo de mi vida y ahora no estaría viajando a Guadalajara nuevamente, sino que estaría viajando a Taiwán, Hong-Kong, Guatemala o la Mina de diamantes de Siberia Oriental.

Esa fue la primera vez que estuve en México. Luego vendrían el festival organizado por Contrafuerte el 2010, el de la Feria del Libro del Zócalo y Feria en Oaxaca, organizado por Paratopia el 2012 y del que recuerdo la terrible noche de muertos en un cementerio de las cercanías de Oaxaca con Paula Ilabaca y otros, donde una mexicana intentaba tirar con uno de los escritores arriba de una tumba. Y un mes después volver a México, cuando Chile fue invitado de honor en la FIL donde me tocó estar en una mesa de escritores “jóvenes” y no tan “jóvenes”, pero que igual nos decían “escritores jóvenes” y aún me lo dicen.

Este 2015 vuelvo a Guadalajara, a la Feria del Libro que se inaugura este sábado 28 y dura hasta el 6 de diciembre, donde el invitado de honor es Reino Unido, porque la feria siempre tiene un invitado de honor, y al observar el programa de los escritores ingleses, el que más me resuena e interesa es Irving Welsh, el autor de la novela Trainspotting que luego tuvo una buenísima adaptación al cine por parte de Danny Boyle.

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La mesa en la que me toca participar es una mesa de escritoras chilenas, donde estaré con María Paz Rodríguez (autora de Mala madre), Catalina Infante (autora de La otra ciudad) y Constanza Gutiérrez (autora de Incompetentes) para hablar de nuestros procesos de escritura y de edición con Felipe Ponce, el editor de Buen Salvaje México.

Bueno, volvamos, la segunda vez que estuve en la Feria del Libro de Guadalajara entonces fue el año en que Chile fue invitado de honor. Ese 2012 sí pude ver un poco más de la ciudad. Recorrer la feria, comprar libros, entender un poco más la lógica del mapa sobre el que estaba parada. Aprenderme el nombre de algunas calles. Comer cosas ricas, unos desayunos repletos de quesos y escuchar a uno que otro escritor maravillado de haber ido a un colegio de escasos recursos a compartir sus textos, poniendo énfasis en que eran de escasos recursos, quedando el que escuchaba sorprendido porque el punto de vista de los que lo relataban era como si nunca hubiesen entrado a un colegio así, o realmente felices porque los niños les pedían autógrafo y se creían cantantes famosos o de una banda pop recién estrenada. Detestable para lo oídos. Detestable contarlo así. Detestable poner énfasis en esos detalles. Pero bien, si todos fuimos y estuvo perfecto, no entiendo la manía ni el por qué de que contarlo de esa manera. Bueno, pero más allá de esos relatos apestosos, también conocí a muchos escritores chilenos que sólo había leído, como por ejemplo Jorge Baradit, Ortega, Lina Meruane. También fui a muchas presentaciones y lo más importante, meterme en el mercado de la ciudad para comprar bolsos bordados y un pesebre mexicano pintado a mano que mi madre me había encargado para celebrar esa navidad del 2012.

Este 2015 vuelvo a Guadalajara, a la Feria del Libro que se inaugura este sábado 28 y dura hasta el 6 de diciembre, donde el invitado de honor es Reino Unido.

Ir o no a Guadalajara al parecer siempre ha sido un tema para todos los escritores. Hay una especie de fantasía, que a estas alturas está muy cargada de huellas pasadas, ir a Guadalajara es algo preestablecido, algo como que lleva un nombre y no existe más allá que ese nombre o modelo. Donde los escritores se ciñen y se encuandran para vivir las mismas experiencias que hay que vivir en Guadalajara, sentir lo que hay sentir en Guadalajara, comer lo que hay que comer en Guadalajara. Es por esto que a pesar de que me gustan mucho, le temo mucho a los viajes literarios, porque siempre hay alguien entre los que viajan que quieren vivir las experiencias que hay que vivir en las ciudades. Luego llegan contando a Chile o donde sea lo mismo que todos los otros han contado o lo que hay que conocer de la ciudad. Onda hay que ir, hay que hacer, hay que sentir en Guadalajara. Y si no lo hiciste, te miran como extrañados o como que eres un estúpido.

Y eso es lo que no me pasa ni me ha pasado con Guadalajara, ni con otras ciudades, como ciertas ciudades literarias, entre las que creo que están Barcelona, Frankfurt, Londres, Nueva York, el DF, Lima, París y Quito, y que a ratos suena terrorífico, pero es que todo el mundo, sobre todo los escritores quieren ir a ese Guadalajara, quieren ir a ese Nueva York, quieren ir a ese Frankfurt, quieren ir al ese DF, quieren ir a esa Lima de los escritores, quieren ir a París, y  sentir lo que hay que sentir como escritor en esas ciudades o sentir lo que antes han sentido los escritores a los que admiran.

En fin, pero más allá de esas fantasías de uno y del otro con las ciudades, hace rato que quería hablar de qué ha significado realmente para mí ir a Guadalajara.

Sí, quiero ir a mi Guadalajara, y ojalá en un futuro cada uno tenga sus propias Guadalajaras y sus propias grandes ciudades literarias. Ay, ojalá.

El 2008 significó presentar un libro en un lugar que casi no sabía que existía. Me gustó nada y no tuvo ninguna importancia en mi vida. Aunque sí, sentí que Guadalajara me acogía, me presentaba y le daba la espalda a Chile al haber rechazado mi novela, ese libro que para algunos no era un libro, sino que una mezcla de tecnología, ficción y psicoanálisis. También conocí México por primera vez, leí a Liliana Blum por primera vez, fue la primera vez que me invitaban al extranjero por haber publicado. Encontrarme con Mario Bellatin en una intersección del DF por casualidad luego de haber estado metida en un ciber enviándole un correo. Y bueno, digámoslo, aunque suene cursi, fue mi primer viaje como escritora. ¿Eso qué significa? No lo sé muy bien, pero los viajes como escritora son distintos a los viajes de turismo, que en realidad además nunca hago. Fue el primer viaje como escritora y luego vinieron después otros viajes de lectura y diálogo, donde conocías y leías a nuevos escritores, sobre todo latinoamericanos de tu edad que andaban en la misma: buscando qué leer, buscando temas de qué hablar, descubriendo a los que estaban escribiendo a la misma hora que tú, pero a miles de kilómetros de ti, y tenían tu misma edad y les gustaban los mismos temas y la misma música y hacían los mismos pasos de baile y todos querían ser veganos, pero nadie podía.

Luego el 2012 significó cosas más concretas, pero no por eso mejores ni peores. Por ejemplo, el 2012 se me acercó Asdrúbal de editorial Sudaquia a la mesa de escritores jóvenes que me tocó moderar y me dio su tarjeta y me dijo me gustaría publicarte y me publicó y el 2014 me invitó a Nueva York y seguí hablando de grandes capitales y nuevas ciudades y encontrándome con otros escritores de mi misma edad o por lo menos que hablamos el mismo idioma, y que a veces nunca vemos en sus ciudades de nacimiento, pero que los vemos en hoteles, cenas o comiendo conejos en Lima.

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También significó conocer los desayunos mexicanos y no comer el resto del día. También que el baño de mi hotel estuviese tapado sin saber por qué. Conectarme a una red de Internet que nadie más tuvo acceso, como si la hubiese agarrado pirata. Conocer el trabajo de Luis Barrales, descubrir que prefiero estar en la habitación de un hotel que ir a una fiesta que apesta a cigarro. Ir a Guadalajara fue también escribir un cuento que se llama Si me llevas a Guadalajara dejo los lácteos. También tener que dejar los lácteos porque sí fui a Guadalajara y escribí ese cuento y en realidad tenía que hacerlo porque si iba a Guadalajara dejaría los lácteos.

En fin, eso es lo que recuerdo ahora de Guadalajara, e intento hacer listas de lo que ha sido Guadalajara para mí hasta ahora, para intentar despejar el camino y esperar a qué será esta vez que voy a Guadalajara con amigas-escritoras y que espero tener dos tardes para revisar los libros inéditos que tengo, cosa que no puedo hacer acá, porque de verdad, y hablando del tema que desarrollaremos allá mismo es Guadalajara, necesito habitaciones nuevas y en las que nunca he estado para poder realmente escribir y sí, quiero ir a Guadalajara a hablar en público con mis amigas escritoras acerca de libros y escritura y procesos obsesivos de escritura como ponerse un cintillo para escribir, quiero ir a releer libros inéditos desde habitaciones que no conozco, desde hoteles en el centro mismo de la ciudad. Sí, quiero ir a mi Guadalajara, y ojalá en un futuro cada uno tenga sus propias Guadalajaras y sus propias grandes ciudades literarias. Ay, ojalá.

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