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Ya, lo dije; ¿y qué?

Yerko Puchento, el portavoz del complaciente relato chileno

Todos los jueves, a eso de la medianoche, Yerko Puchento aparece en escena. Todos atentos para que diga esas “verdades” que todos en sus casas están esperando. Y es que es tan certero, tan defensor del pueblo, tan irreverente, tan bueno para acusar a una elite. Tan, pero tan repleto de una cierta rabia indiscriminada y ambigua que llena portadas. Que aparece en los diarios que dice criticar y en las revistas que solamente esa elite que tanto desprecia lee.

“¡Qué valentía!”, exclaman algunos. “¡Yerko presidente!”, dicen otros mientras escuchan de su boca que todo es malo, que deben irse todos y que el pueblo -su manoseado pueblo- debe tomarse el poder. Desde ese momento el aplauso es gigante, todos sonríen y se sienten defendidos por un paladín que llegó para decir lo que nadie supuestamente dice. Lo que nadie se atreve porque son todos vendidos. Todos, todos, todos. Nadie se salva. Aunque si usted lo piensa, sí hay algunos que lo hacen con su generalización y su destemplado grito indignado y es precisamente el sistema. El statu quo. La lógica con la que concebimos Chile.

Puede salir vestido de estudiante, con poleras con la cara de Rodrigo Avilés, pero eso no negará el hecho de que su discurso es hecho para quienes quieren ocultarse tras los hechos particulares de la corrupción.

Yerko Puchento habla desde el ciudadano al que le enseñaron que lo único importante es el bienestar de su bolsillo, pero no el del país. Ese al que le dijeron que más que habitante era consumidor y, por lo mismo, debía mirar a la sociedad como un gran centro comercial en donde sus gritos son los de quien cree que lo quieren hacer leso con un producto y no de quien pide justicia y menos desigualdad. El discurso de Yerko es el del presente, del aquí y el ahora. El de los chilenos que no tienen tiempo para preguntarse nada más porque deben trabajar, llevar dinero a sus casas y que piensan que un país no se construye con ideas, sino con sensaciones inmediatas y el bienestar mezquino de de sus parcelas. El Chile de Pinochet.

yerko puchento

Es cierto, desde lejos se ve muy lejos al dictador. Al contrario, cree parecerse a Allende cuando pronuncia “Patria” con cierta solemnidad, pero lo real es que le está hablando a ese ciudadano que quiere orden. Ese que habla de los “señores políticos” y que cree que la sociedad sería más pura y prístina si es que el Congreso no existiera. Y es que -vuelven a decir- “este tipo dice muchas verdades”, “dispara para todos lados” y eso parece gustarles a quienes crecieron al alero de un país despolitizado, en donde los convencieron de que los ideales no eran más que ideas para robar; cuentos dulzones y acaramelados que no sirven en un lugar en donde -dicen- la realidad es otra y es que nos están cagando constantemente. En todo momento.

Yerko Puchento habla desde el ciudadano al que le enseñaron que lo único importante es el bienestar de su bolsillo, pero no el del país.

Es ese país que construye un discurso supuestamente revolucionario hecho por reaccionarios. Relatado por quienes pidieron sangre el ’73 porque estaban indignados y porque el gobierno de ese entonces era demasiado soñador, demasiado poco pragmático. Es exactamente la lógica de quienes iban a tirarle cosas a los cuarteles al Ejército para que terminara con la democracia, con el debate, con la política. Sobre todo con la política.

Puede salir vestido de estudiante, con poleras con la cara de Rodrigo Avilés, pero eso no negará el hecho de que su discurso es hecho para quienes quieren ocultarse tras los hechos particulares de la corrupción y no hacer un catastro real y llegar a la vista panorámica completa de que lo que está viciada es la edificación de esta realidad. ¿Y por qué no lo hace? Simple: porque una vez hecho ese catastro se puede encontrar con el verdadero poder. Ese poder que vuelve al valiente Yerko en un empleado más. En otro portavoz del complaciente relato chileno.

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